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Guadalajara, Guadalajara…
Cuarta Plana
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Samael Hernández Ruiz
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Este viaje a Guadalajara, después de casi diez años de no visitarla, no fue con el interés de pasear; sino por la presión de una invitación para estar en Washington D.C.

Así comenzaron las prisas. Primero para actualizar mi pasaporte para obtener la visa. Está demás decir que fue un calvario lograr que en Oaxaca me adelantaran la cita del pasaporte que me la daban en un mes, cuando yo tengo que estar el 14 de marzo en la universidad.

Me interrogaron hasta donde les fue posible y al final me dieron el pasaporte actualizado en dos días. A las carreras busqué cita para solicitar mi visa y el único lugar con fechas adecuadas a mi urgencia fue el consulado de Guadalajara.

Compré boletos en Volaris ( muy baratos), hice reservación mediante Air B&B ( super barato) y me preparé para salir el 1 de marzo rumbo a la Perla tapatía.

Llegué al aeropuerto de la ciudad de Oaxaca con dos horas de anticipación para que el avión, que tenía que salir a las 13:00, saliera a las 15:00 Hrs. La compensación que dio la empresa fue una torta y un refresco (eso es aunque le digan snack). Los pasajeros estaban naturalmente inquietos y molestos; cuando llegó la hora de abordar se sintió un relajamiento generalizado.

Volaris usa aviones grandes A320 con capacidad de 220 pasajeros, pero por la política de la empresa de cobrarte hasta el aire que respiras en la aeronave, todo mundo lleva “equipaje de mano” y las canastillas se llenan al tope dentro del avión; pero los sillones son cómodos y el viaje fue tranquilo. Llegamos a la Ciudad de México a las cuatro de la tarde y me vi de nuevo en apuros, porque había convenido con mi hija comer juntos en la librería del Fondo de Cultura Económica.

Tomé el metro para mayor seguridad, tenía dos horas antes de regresar al aeropuerto para tomar el avión de transbordo que me llevaría a Guadalajara. Pasé de la estación de la Raza a la dirección Universidad, ese tramo dura y cansa lo que un maratón cuando tienes prisa.

Después de la carrera encontré a Zaira ( a partir de ahora Panda), con un nuevo amigo a la salida de la estación Miguel Angel de Quevedo. Me dio gusto verla contenta después de su última ruptura sentimental. Caminamos rumbo a la librería y nos instalamos luego de comentar los temas de actualidad: ¿la película Roma? Sí

De allí saltamos al libro de José Emilio Pacheco “Las batallas en el desierto”, que es una historia que también sucede en la Roma, pero de los años cuarenta. Hablamos un poco de la historia de la colonia Roma hoy tan famosa, y la conclusión fue que su destacada particularidad cultural no supera a Juchitán ( al menos eso fue lo que dije).

Panda me preguntó porqué me había gustado la película. Mi respuesta fue un estúpido discurso sobre la cinematografía como arte interrumpido, la comunicación como imposibilidad del sentimiento, el blanco y negro como la búsqueda de lo radical en la imagen, el excelente trabajo de sonido, todo para terminar diciendo mi verdad: porque me puso nostálgico.

Después de saborear un tamal exótico supuestamente oaxaqueño, le compré a Panda el libro de José Emilio Pacheco y salí corriendo rumbo al aeropuerto pues se me había hecho tarde.

¡Dios mío cómo corrí después de salir de un vagón del metro que viola la ley de que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo lugar en el espacio ( Carlos Ballarta fue confirmado). Corrí, corrí, corrí hasta que mi corazón parecía salirse del pecho a despecho de mi mejor momento de enamorado.

Llegué al aeropuerto jadeante, sudoroso, con los ojos saliéndose de las órbitas y mi celular con el 2% de batería, sólo para darme cuenta de que el A320 de Volaris estaba, otra vez, ¡una hora retrasado! Pero esta vez agradecí a la providencia y a Volaris su impuntualidad.

Llegué a la Perla de Occidente a media noche. Tomé un taxi hacia el centro y el chofer ocupó mi Waze porque no se sabía la dirección.

Al día siguiente desperté adolorido. Fui a la oficina del consulado americano donde le toman a uno las huellas, las fotos y le confirman al solicitante la cita para la entrevista. Afuera algunos listos hacen su agosto diciéndole a los que hacen cola, que deben hacer un pre-registro.

-¿Qué? eso no lo tengo en la lista de trámites.

-Es uno nuevo por el último atentado. Arrojaron una bomba al consulado y ahora exigen el pre-registro que cuesta 1,200.00 pesos.

Algunos caen y se los llevan al baile. Yo no llevaba dinero así que decidí arriesgarme con el resultado de que todo lo anterior era mentira.

Salí airoso del trámite, marcaron mi pasaporte y quedó todo arreglado para la entrevista. Después me fui al centro de la ciudad a un café para revisar la presentación de mi ponencia y después me puse a caminar por las calles.

Algo llamó mi atención. En Guadalajara los ciegos y mendigos que cantan lo hacen desafinados. En Oaxaca eso no sucede, por el contrario, los cantores y músicos callejeros son verdaderos artistas.

Cuando el hambre apretó, me fui a comer una birria al restaurante las 9 Esquinas, un verdadero centro de la cultura culinaria tapatía. Me encontré con Liz y su compañero. Fue ella quien me ayudó a conseguir el alojamiento y se lo agradezco mucho.

Mientras comíamos platicamos de la cocina tapatía, de su estancia en Israel excavando objetos en las cercanías del Mar de Galilea, de la tensión con Siria y la Honda de David, el Mosad, su afición por los caballos y la imposibilidad de montar en Guadalajara por lo caro que es disponer de un equino. En fin, fue muy agradable

Cansado pero satisfecho me fui a mi refugio a descansar. Leí hasta la media noche hasta que el sueño me venció.

El domingo por la mañana hice mis deberes de limpieza personal y me fui a buscar un lugar donde desayunar. El Yelp, la aplicación que recomienda lugares, se equivocó esta vez. El restaurante La Mora, no existe o lo cerraron; porque no lo encontré.

Seguí caminando, esta vez sin rumbo ni conejo a quien preguntarle qué camino tomar. En la avenida de la Paz me encontré la huellas de una lucha ideológica ancestral. De un lado de la acera estaba un hogar católico de asistencia religiosa que invitaba al transeúnte a una vida espiritual; enfrente, en una pared, había un letrero hecho con pintura negra que decía: “¡Cristo te odia!”, concluí que ninguno de los dos sabía lo que decía.

Seguí mi andar sin rumbo hasta que encontré un lugar precioso para desayunar a eso de las 10:00 de la mañana. Se llama El Fénix, frente al templo del Santísimo Sacramento, un lugar agradable donde tomé un desayuno de huevos con chorizo, pan con mantequilla con miel de maple(¿?) y café. No sé porque creo que lo que aquí llaman miel de maple es miel de agave, ¿estaré equivocado?

Después del desayuno tranquilo, agradable y sobre todo restaurador, seguí caminado sin rumbo hasta que me decidí por un Starbucks para escribir estas notas. En el camino me encontré con otros lugares agradables al aire libre para tomar algo. La gente en Guadalajara gusta mucho de los tacos y las tortas y andar los domingos en bicicleta.

Mis pasos me llevaron a una exposición de yoga. Entré al tianguis, veni, vidi… y me compré un ejemplar del Bhagavad Gita en su edición krishna que quise reponer, porque mi ejemplar anterior se lo regalé a un conocido que quise ayudar; pero de nada sirvió, hay gente que no tiene remedio en su autodestructivo individualismo materialista. Allá ellos.

Finamente llegué al Starbucks donde me puse a escribir este breve relato de lo que llevo andando en esta maravillosa ciudad de cuatro millones de habitantes, una de las más productivas del mundo, con una fuerte industria de tecnología que a pesar de todo lo capitalista que pueda parecer, no logra que Guadalajara pierda ese dulce sabor de provincia mexicana.
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